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LA RELACIÓN TERAPÉUTICA, UNA HERRAMIENTA ESENCIAL EN LA INTERVENCIÓN CON ADICCIONES*

29/03/2016

Félix Rueda

*Una relectura de artículo “Constructores de puentes”, publicado en el nº 70 de la Revista Proyecto

 La necesidad de aceptación y de sentirse integrad@ en un grupo de iguales (Pérez de los Cobos, Valderrama, Cervera y Rubio, 2006; Alfonso, Huedo-Medina y Espada, 2009; Irurtia, Caballo y Ovejero, 2009; Secades, 2012) es una de las variables que pueden influir de modo determinante en el inicio y mantenimiento del consumo de drogas y otras conductas adictivas.

Las personas que solicitan ayuda para superar su trastorno adictivo suelen referir que el miedo al rechazo” de lo demás, acompañado por el temor a una evaluación negativa de los demás y de sentimientos de soledad, suponen una dificultad en el mantenimiento de relaciones profundas, sólidas y duraderas (Kooyman, 2003; Del Río, Durán e Iglesias, 2011).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen tomada de: Cerebro adolescente

Por ello, la relación terapéutica es un aspecto esencial dentro de los procesos de ayuda y recuperación de las personas con problemas de adicción, debiendo prestar especial atención a las condiciones que dependen del/la profesional.

Las claves de dicha relación han sido formuladas y estudiadas por numerosos autores (, Miller y Rollnick, 1999; Polster y Polster, 2001; Rogers, 1981; Rogers, 2007), siendo uno de los factores que mayor influencia positiva aporta a esa relación la “autenticidad” del terapeuta, es decir, mostrarse tal cual es, de una forma realista y ajustada, respetando el espacio y el progreso de la persona en tratamiento, así como su propio espacio.

Otra condición indispensable para una sana relación terapéutica es la “humildad” que nos permitirá situarnos en una posición privilegiada donde la persona que precisa nuestra ayuda pueda mostrarse abiertamente, tratando los problemas y dificultades personales relacionados con la adicción, y superando el límite del consumo de sustancias o conducta adictiva, para sumergirse en un proceso de cambio personal y del entorno donde vive, desde la premisa de que el problema no es meramente el trastorno adictivo (Cañas, 2004), sino que abarca a todas y cada una de las facetas de la persona.

Pero para que la autenticidad y la humildad puedan aparecer en el progreso personal de l@s profesionales de la relación de ayuda, el conocimiento de un@ misma es imprescindible.

Cuántas veces se nos enciende un piloto de en nuestro cerebro ante la situación “pero si no se responder a esto, ¿cómo podré ayudar a la persona que tengo delante?” La clave está en la escucha, en la que se ejerce para entender, no para contestar, en la que la persona protagonista es la que precisa ayuda

Carl Rogers (1981) señalaba la aceptación incondicional, la empatía, la autenticidad, la valoración positiva, la confianza en el potencial humano de la persona ayudada, la cordialidad y el compromiso personal, como condiciones del/la terapeuta y que ha de darse en la relación de ayuda.

Al respecto Robert Carkuff (en Giordani, 1988), un discípulo de Rorgers, amplía el horizonte señalando una serie de variables definitorias del funcionamiento del terapeuta: la empatía, el respeto, la autenticidad, especificidad, confrontación, el impacto de la personalidad, la auto-revelación, la inmediatez y la auto-realización. Según Carkuff, estas características y habilidades, se han de poseer en un alto grado para que la relación de ayuda sea realmente efectiva y el/la usuario/a se beneficie de la misma. El camino para conseguirlas es la experiencia vivencial.

Así el terapeuta pasa de ser un mero “moderador”, “consejero”, “confrontador”, a ser un modelo en sí mismo/a, un modelo de gestión de sus comportamientos, actitudes y sistema de valores de una forma funcional y adaptativa.

Tras Rogers y Carkuff, el matrimonio formado por Erving y Miriam Polster (2001), definen al terapeuta como “su propio instrumento”, teniendo capacidad real para explorar con su paciente los “lugares personales” que no teme o idealiza, que conoce en sí mismo. Por lo que es necesario que el/la terapeuta se cuestione y (se) trabaje sus propios conflictos: sus miedos, sus formas de persuadir, de evitar, de proyectar en el paciente lo que es propio, de agredir directa o indirectamente, de auto-exigirse y exigir, de responsabilizarse de lo que no le corresponde o de no responsabilizarse, de seducir o de calmar su angustia; su tolerancia a la frustración, sus juegos sociales, sus límites, su ignorancia, sus deseos de “salvar”, de “castigar”, de abandonar o de hiper-controlar, sus juegos de poder o cómo busca la aceptación y el afecto del paciente…, es decir, toda una suerte de variables que influyen y determinan la relación de ayuda.

La propia experiencia nos pondrá en una mejor tesitura para emprender y desarrollar la relación de ayuda en unas condiciones óptimas. Y con esto no queremos decir que se debe pasar por el mismo proceso que la persona a la que pretendemos ayudar, sino por un proceso personal propio donde yo sea la/el que trabaje.

Esto es cada vez más común en los procesos de formación como Coach, o en Minfulness, y no se nos hace tan raro como hace unos años. Y estoy seguro que llegará el día en que ni siquiera se deba plantear como una necesidad ya que estará plenamente integrado en los procesos formativos de las diferentes profesiones relacionadas con la psicoterapia, la psicoeducación, la psiquiatría…

Por suerte, los programas académicos para la formación de los/as profesionales de ayuda ya incluyen asignaturas destinadas a formar en habilidades de comunicación, en entrevista motivacional…, pero habría otra parte, la del propio conocimiento personal que no se enseña en dichas asignaturas, y que trasciende al ámbito académico ya que no es propia de él, o por lo menos, no lo ha sido hasta ahora.

También se dedica más esfuerzo en investigación respecto a qué variables influyen en psicoterapia y cómo lo hacen (Santibañez, Román, Lucero, Espinoza, Irribarra y Müller, 2008; Díaz, 2011), surgiendo diferentes clasificaciones, de las que podemos extraer que los factores más relevantes son (Winkler, Cáceres, Fernández y Sanhueza, 1989) la actitud, la personalidad, las habilidades, el nivel de experiencia, y el bienestar emocional que posea este especialista.

En cuanto a la actitud, las personas que demandan atención psicoterapéutica informan que influye de forma determinante en la adherencia al tratamiento y la continuidad en el proceso (Jasija y Oviedo, 2001; Santibañez et al., 2008) y a su vez plantean que puede ser un obstáculo la ausencia de contacto visual, poca capacidad de escucha, la falta de comprensión, un contacto frío y distante, y la relación asimétrica. Respecto a la relación asimétrica se ha de cuidar especialmente dónde me sitúo como profesional de modo que la relación no se perciba como absolutamente jerárquica, pero a la vez se respete la distancia terapéutica necesaria.

En lo que se refiere a las habilidades, se destacan la que capacidad de entender, escuchar, guiar, reflejar, confrontar, interpretar, informar y resumir (Santibañez et al., 2008).

También una personalidad sólida y madura, un mejor conocimiento de las propias limitaciones, y cierta  estabilidad emocional, influyen en una mejor relación y contribuyen en que la persona se mantenga en tratamiento y lo finalice de manera exitosa (Santibañez et al., 2008).

Por suerte, no hay un único modelo de relación de ayuda ni, por lo tanto, de “terapeuta”. Así que podemos estar tranquil@s cuando mi compañer@ y yo discrepemos, o cuando surja una discusión en el equipo, seguramente de ambas situaciones nacerá una nueva visión que supere, amplíe y mejore mi visión individual.

Incluso podemos estar tranquil@s cuando descubramos en nosotr@s carencias o aspectos a mejorar, ya que genera una nueva oportunidad de crecimiento personal y profesional.

Por supuesto, además de conocerse a un@ mism@, es necesario conocer y manejar adecuadamente no sólo las técnicas de intervención, sino también las teorías en las que se basan, las premisas de las que parten, las evidencias científicas que las sustentan y los principios básicos por las que se rigen. Así nuestra acción estará dotada de sentido, dejando de ser algo puntual e individual, para prolongarse en el tiempo y el espacio dentro de una visión globalizadora (la persona no es una sola cosa, una patología, un episodio de consumo o recaída no es algo que tengamos que ver como algo aislado) y de equipo, desde la óptica multidisciplinar.

Y a todo ello le debe, imprescindiblemente, acompañar, una postura abierta al conocimiento y descubrimiento de uno/a mismo/a, al cuestionamiento y crecimiento personal, por supuesto, sin fundamentalismos, pero con la constancia y la radicalidad necesarias que le pedimos a las personas que inician un proceso en nuestros programas, a las familias, al entorno social.

Sólo así estaremos seguros/as de que nuestra intervención es coherente, de que los conocimientos técnico-prácticos, están adecuadamente integrados.

En el fondo, se trata de propiciar un continuo ejercicio de reflexión y toma de perspectiva, que ayuden a la persona a entender qué le sucede, por qué ha llegado a donde ha llegado, y cómo puede volver a encontrarse, a sentirse sana.

En el fondo se trata de no pretender que nadie vaya hasta donde yo nunca estaría dispuest@ a llegar.